Esa es la reflexión que me hago cada vez que termina un debate. Y debo confesar que soy pesimista: aunque la queja que vemos en redes sociales o en grupos de enfoque es “sólo se dedicaron a atacarse, nada de propuestas”, en realidad le estamos pidiendo peras al olmo. Porque un debate televisivo no es el lugar para escuchar propuestas. Es un espectáculo que tiene mucho más que ver con un reality show o el capítulo de una serie (House of Cards) que con un espacio de análisis. ¿Malo o bueno? Hummm. Más bien, producto de los nuevos tiempos y de la video política.  Les comparto mi artículo de hoy para el diario Reforma.

El segundo debate y el homo videns

Cuando la pregunta al final de un debate electoral es “¿quién ganó?” y no “¿qué se dijo?”, estamos frente a un ejercicio pensado como un show: la política como entretenimiento. Un reality-show que implica drama, que agita las emociones y provoca una respuesta pasional en la audiencia. Un artículo de Jesús Silva-Herzog M. en este mismo periódico lo define a la perfección: “Los debates televisados no son fruto de la democracia deliberativa sino de la política espectáculo. La televisión aborrece una idea compleja. Adora, por el contrario, la agilidad de un reflejo, una frase contundente, un gesto”. Así pues, la confrontación de este 9 de octubre entre Clinton y Trump cumplió con ser un buen entretenimiento y un pobre debate.

Hace casi 18 años que me dedico a trabajar con candidatos y candidatas a puestos de elección popular para desarrollar y pulir sus habilidades de comunicación verbal y no verbal. La preparación para los debates es un ejercicio fundamental en una campaña, pues son momentos que atraen la máxima atención de los medios informativos, las redes sociales, los líderes de opinión -y, en menor medida, de algunos votantes-. La razón es que son espacios en los que los ciudadanos consideran que pueden ver a los candiatos en vivo, sin intermediarios y sin filtros para hacerse una idea de cómo son realmente y poder elegir a aquel que más confianza le brinde. Este fenómeno es conocido como la personalización de la política: ya no votamos por un partido o por una plataforma como por una persona. Por ello es fundamental que candidatos y candidatas que aspiren a inspirar confianza entre sus votantes potenciales entiendan y atiendan las reglas de los debates en televisión.

 

¿Qué es lo primero que juzgamos al ver un debate? La toma inicial nos mostrará con qué ánimo entran a escena los participantes: su manera de caminar permite intuir su expresión anímica. Momtepare, Goldstein y Clausen han hecho estudios que concluyen que es posible identificar con facilidad emociones y rasgos de carácter como tristeza, alegría, altivez, enojo al observar cómo camina una persona. Donald Trump en el debate de esta noche, muestra desaliento y preocupación al cambiar su tradicional manera segura de caminar (pecho abierto, brazada y pasos largos) por pasos más lentos, hombros caídos y pecho hundido. Hillary Clinton, por el contrario, llega con paso firme, a un ritmo mesurado y con el pecho en expansión. Este aspecto, tanto como el manejo de los gestos de manos y brazos, puede y debe analizarse, matizarse, corregirse o reforzarse. Lo mismo la manera en que se ubican en su lugar: ¿estarán sentados o de pie? ¿habrá un micrófono fijo o de mano? ¿a qué altura debe el atril estar para no taparle demasiado la cara?. Todos estos detalles deben ser conocidos por el equipo que preparará a los contendientes, pues un gesto exagerado o no planeado puede distraer su atencíón y convertirse en el meme del momento.

Otro tema que se planea con cuidado es el atuendo, el maquillaje y el peinado del participante, pues, como aconsejaría Nixon a futuros candidatos, después de aquel primer célebre debate en 1960: “Dejen que les ponga maquillaje incluso si lo odian. Lo detesto, pero al ser derrotado una vez por no hacerlo, nunca volvería a cometer el mismo error”.

Si bien hay una gran cantidad de elementos que pueden y deben revisarse y considerarse desde la perspectiva del electorado, existen aspectos de la expresión facial que, al ser “una manifestación externa del pensamiento y estados psíquicos del candidato” (Sillamy) son difíciles de alterar. Para analizar esos microgestos se usa, por ejemplo, la herramienta llamada Sistema de Codificación Facial (FACS, en inglés) desarrollada por Paul Ekman. En el caso de la mirada inicial de ambos, observamos que era totalmente opuesta: mientras Trump aparece con los ojos sumamente cerrados y apretados, reflejando, de manera literal, el “no querer ver”, la mirada de Hillary es abierta, con los ojos brillantes y mostrando una gran parte de la esclerótica (la parte blanca del ojo) que inspira mucho mayor confianza.

Otra expresión inconsciente que se detecta tanto en los momentos iniciales del debate como en el punto en que le preguntan a Trump respecto a sus declaraciones sexuales es la ira contenida: los labios apretados que reducen la boca a una línea cerrada. Esta es diferente a su habitual “duck face” (con el músculo orbicular apretado), que es una mezcla de desdén y soberbia. En el caso de Hillary, sus microexpresiones más débiles fueron cuando Trump la acusa de mentir y le dice que hay una gran diferencia entre ella y Lincoln. En ese momento, su boca dibuja un gesto duro que intenta transformar en una sonrisa que se ve falsa. Su mirada también se endurece al entrecerrar los ojos, pero trata de recomponerse rápidamente.

Podríamos analizar cuadro por cuadro este segundo enfrentamiento entre el republicano y la demócrata para saber quién “ganó” el debate en términos de imagen como un todo. Sin embargo, en resumen vimos a Trump…siendo Trump y recuperando su habitual confianza a partir del segundo tercio del debate y a una Hillary más mesurada y más empática pero que decae ligeramente y no aprovecha la oportunidad de “rematar” a su adversario. Y, sin embargo, los votantes de uno y otro percibirán, en un mismo gesto, una interpretación totalmente favorable hacia su candidato y negativa absolutamente en el del oponente. Por eso creo, como Sartori, que “la imagen también miente”. Homo videns, al fin.

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